Más que un portafolio, este es un archivo de procesos, intuiciones y transformaciones.

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Finding Myself es una serie que se despliega entre 2007 y 2019 como un proceso sostenido de autorreconocimiento a través del cuerpo y su representación. Partiendo del autorretrato fotográfico, Juliana explora la silueta, su imagen y la puesta en escena como estrategias para confrontar la autocrítica y perder el miedo, articulando fotografía e incluso acciones in situ. Influenciada por referentes como Cindy Sherman, Francesca Woodman y la performatividad de Lady Gaga, la artista se sitúa simultáneamente como sujeto y objeto, modelo y maniquí, cuestionando los límites entre identidad, imagen y construcción social del yo. La serie transita de la vulnerabilidad a la autoaceptación, integrando incluso su práctica en el diseño de joyas como extensión simbólica del cuerpo, y convierte el gesto íntimo en un acto performativo donde encontrarse a sí misma es también exponerse y resignificarse.
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En Tentación y Pecado, Juliana Bravo explora la relación entre deseo, intimidad y la representación del cuerpo femenino a través de una instalación que convierte elementos personales en símbolos. La obra comienza con una cortina de baño intervenida con cintas de seda que sostienen mechones de cabello. Este cabello fue cortado por la artista meses antes. Así, transforma un gesto íntimo en una reflexión sobre lo que la sociedad desecha o esconde. Inspirada en obras como Object de Meret Oppenheim y en la dimensión corporal del performance de Ana Mendieta, la serie también incluye “Calzón de chocolate”, una prenda íntima convertida en objeto comestible y presentada en una delicada caja de la icónica marca “Victoria’s secret”. Esto activa la tensión entre inocencia, seducción y consumo. A través de estos cambios materiales y simbólicos, la artista cuestiona cómo la cultura visual contemporánea convierte el cuerpo de la mujer en un objeto de deseo. Revela cómo lo prohibido, lo íntimo y lo vulnerable adquieren una fuerte dimensión fetichista.
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Durante su etapa de formación en Londres, particularmente en el contexto de Wimbledon, Juliana profundiza en la experimentación con texturas, poesía y fotografía como herramientas de autoconocimiento. Este período marca un giro hacia una práctica más introspectiva y conceptual, donde la imagen se convierte en reflejo de procesos internos. La exploración técnica no se limita al medio, sino que articula una búsqueda identitaria: el cuerpo, la palabra y la imagen dialogan como capas de una misma narrativa personal. Esta etapa consolida la base conceptual que atraviesa su obra posterior, integrando sensibilidad material y reflexión crítica.
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En Multiplicidad, la artista investiga la pintura al óleo desde la vibración del color y la potencia de la abstracción como lenguaje emocional y la pone a conversar con otras técnicas que también acentúan el movimiento y las diferentes capas que hacen parte del que hacer de la artista. La materia pictórica funciona como campo de resonancia donde confluyen identidad individual y colectivo imaginario. A través de la superposición de capas, la artista explora la noción de pluralidad: el yo no es fijo, sino cambiante, múltiple y permeable. Esta serie abre un diálogo entre tradición pictórica y sensibilidad contemporánea, permitiendo que la abstracción opere como espacio de introspección y transformación.
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Las exploraciones de Juliana se sitúan en un territorio liminal entre cuerpo, objeto e imagen. Su práctica activa el dibujo como gesto primario desde su forma de “soltar la mano” que desarma la forma para volver a encontrarla y enfocar ese impulso hacia la escultura objetual y la intervención textil. El hilo, la malla y la filigrana se convierten en dispositivos de integración con la piel, estructuras abiertas que no cubren sino que revelan. En piezas como Farfalle (2019) que hace uso simbólico de figuras a través de las cuales, la artista explora la superación del miedo y la construcción de identidad a través de la transformación material. Su obra transita entre pintura, proyección fotográfica, colaboración con joyeros y formatos performativos, configurando un campo expandido donde la imagen se vuelve cuerpo y el cuerpo, territorio de experimentación.
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En el Open Studio en Canadá, la artista atraviesa un momento de tránsito y reconfiguración de su lenguaje plástico al enfrentarse a un entorno desconocido que le exige revisar y revalorar su práctica. En este contexto, su trabajo retorna con fuerza a la pintura como espacio sensorial, donde el color y la textura se convierten en estructuras fundamentales para la construcción de la imagen. La obra resultante, marcada por la presencia de una figura corporal en tonos morados, atravesada por gestos gráficos y capas; evidencia una exploración intuitiva que dialoga con el puntillismo, la fragmentación y la superposición. Más que representar el cuerpo, Juliana lo disuelve en un campo pictórico donde la forma emerge desde la vibración del color y la memoria táctil del gesto. Este proceso implica un reencuentro con la pintura como territorio de armonía, donde lo gestual y lo compositivo se equilibran, dando lugar a una obra que condensa introspección, experimentación y una renovada relación con la materia.
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En la línea de Intervención de Espacios, el mural y la instalación se conciben como acciones vivas que transforman el lugar en experiencia. Cada proyecto parte de la lectura del contexto físico y simbólico, para canalizar la energía del espacio y convertirlo en relato. Juliana construye escenas donde lo real y la puesta en escena dialogan, generando una dualidad entre lo cotidiano y lo imaginado. El espectador es invitado a habitar la obra, reconociendo el espacio como extensión de la subjetividad y como escenario de memoria colectiva.
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En Arte Textil, Juliana Bravo construye un lenguaje donde la textura se convierte en archivo sensible. A partir de la apropiación de técnicas textiles, la artista entiende la superficie como un territorio de inscripción: cada hilo, cada pliegue y cada material funcionan como huellas que conectan el cuerpo con la memoria. Lo textil deja de ser un soporte decorativo para convertirse en extensión de la identidad, integrando arte y vida cotidiana en un mismo gesto. Esta serie propone una lectura del tejido como metáfora de lo femenino, de la construcción íntima del yo y de la relación entre lo artesanal y lo contemporáneo.